Generalmente cuando vendemos una casa, sentimos que hemos acompañado un proceso bonito, humano y lleno de ilusión.
Pero hay otras en las que, aunque el resultado sea el mismo —una vivienda vendida—, lo que sentimos al final es una mezcla de agotamiento, frustración y, sobre todo, liberación.
Hemos firmado la venta de una casa que salió al mercado a finales de junio.
Ojo, que al acuerdo de venta se llegó en octubre!
Tres meses intensos, llenos de llamadas, visitas, correos y reuniones. Pero sobre todo, tres meses de trabajo con unos propietarios que, lamentablemente, confundieron “defender su postura” con imponer su verdad.
Personas que no escuchaban, que descartaron ofertas más que adecuadas por puro orgullo, que deberían haber aceptado si nos hubieran escuchado en lugar de escucharse únicamente a sí mismos.
Esta venta ha sido un camino cuesta arriba, cada decisión era una batalla y cada conversación, una prueba de paciencia.
Hasta en los últimos días antes de la firma se han comportado de forma poco ética, no solo con nosotras como si nuestra dedicación, esfuerzo y resultados no tuviesen valor, también en como han tratado a quienes están comprando su casa, que lo hacen con cariño e ilusión.
No es fácil escribir algo así, pero creemos que también forma parte de nuestra verdad como profesionales.
Detrás de cada operación inmobiliaria hay personas, emociones, y sobre todo, sobre todo, lo que tiene que haber es una relación de confianza.
Cuando esa confianza no existe, todo se vuelve más difícil.
Por eso, hoy, sentimos alivio de haber terminado esta etapa, pero además sentimos orgullo de no haber renunciado a nuestros valores. Seguimos siendo las mismas que se implican pase lo que pase hasta el último momento, que cuidan cada detalle, que preparan las casas con mimo, que coordinan documentos, que acompañan y aconsejan desde la cercanía y la honestidad.
En contraste a estos clientes, (que la verdad han sido una excepción), nuestra relación hasta el momento ha sido totalmente lo contrario, personas colaboradoras, atentos a cada sugerencia, dispuestos a escuchar y a trabajar en equipo. Gracias a ellos, nuestro trabajo siempre es fluido, nuestra relación amable y hasta emocionante. Mantenemos el contacto y hablamos de ellos siempre con cariño.
Esa es la diferencia que marca la confianza mutua.
No escribimos esto para quejarnos, sino para compartir una realidad que muchos agentes inmobiliarios entenderán: no todas las ventas se miden por el precio de cierre.
Algunas se miden por la paz que sentimos al cerrar la puerta y saber que hemos hecho lo correcto, incluso cuando otros no lo han hecho.
Porque al final, el verdadero éxito no está solo en vender una casa, sino en conservar la calma, la ética y la pasión por el trabajo que realizamos.
Con cariño.
Rocío y Mónica